El arte de corregir lo justo, ni más ni menos

Cuando las personas tenemos un problema solemos no parar hasta encontrar dónde radica el mismo, qué lo ha provocado y cómo solucionarlo. Se trata de un mecanismo propio de los seres humanos, como lo es el no cesar hasta acordarnos de una palabra, un nombre… a los que apelamos en un momento dado.

Pero corregir es un arte. Sí, un arte, y no todo el mundo sabe hacerlo bien. Y lo digo porque en este ejercicio muchas veces acabamos corrigiendo las cosas que funcionan bien y no las que tambalean nuestra mente. Y es más, diría que en la mayoría de las ocasiones, las cosas van mal cuando algo básico no está bien resuelto o cuando se le ha dejado de prestar la atención que requiere. Incluso me atrevo a decir que ese algo que falla siempre suele ser algo concreto, no genérico; y si es genérico, mejor que te olvides del tema porque ya no es un problema, es un drama.

En cierta ocasión, Patrick, el hijo de Ernest Hermingway, le dio a su padre un manuscrito y le pidió que se lo corrigiese. Poco después se lo devolvió, pero Patrick parecía contrariado:

-¡Sólo me has cambiado una palabra!, le recriminó como quien no hace bien su trabajo. A lo que el gran Ernest contestó: “Si es la palabra correcta es más que suficiente”.

Con todo ello, me atrevo a decir que, si algo funciona, no lo cambies. Si algo funciona mal, cambia lo justo. Pero no cambies nunca todo, porque en cada cosa siempre hay algo válido o aprovechable. La cuestión es encontrarlo con inteligencia y a fuego lento, como los grandes guisos de mi amigo Martín Berasategui. Esos en los que una pizca de sal arriba o abajo te hacen triunfar o “cagarla”, ¿no creéis?

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