¿De qué te queja, imbécil?

Ayer estuve leyendo un libro de una popular coach, la cual explicaba con emoción el caso de uno de sus clientes. En concreto, se trataba de la experiencia vivida con un chico de Valladolid, deportista, que se había quedado paralítico tras un accidente en un río en plena juventud, a pocas semanas de su boda. Además de lo bien relatado que estaba el caso, me llamaron la atención dos cosas. La primera de ellas es cómo esta profesional reconocía que tras la terapia con su cliente se sentía que la afortunada era ella, por todo lo que le había enriquecido la experiencia y dado que era un excelente ejemplo de superación tras un mazazo vital de ese calibre. Y digo que me sorprendió porque no es normal oír públicamente a profesionales de cualquier condición cómo agradecen a sus clientes las experiencias compartidas que tuvieron. Y es que en cualquier profesión, todos aprendemos de todos, pero sólo unos pocos tienen la humildad de reconocerlo.

El segundo aspecto que me llamó la atención fue que en la pausada lectura el libro me hizo reflexionar sobre la capacidad que tenemos los seres humanos para no valorar las cosas importantes que nos da la vida. Y me refiero a cosas importantes como las de tener salud cuando estamos bien, vivir donde vivimos, tener la posibilidad de recuperarnos cada día de nuestras desventuras y empezar de cero… Es como si diésemos por hecho que esas posibilidades o status en el que estamos nunca nos fuesen a fallar, y cómo nuestra imbecilidad supina nos hace distraernos muchas veces poniendo el foco en todo lo demás, que es simplemente secundario. Una y otra vez escuchamos la lección y una y otra vez la olvidamos.

¿De qué nos quejamos? Basta con darse una vuelta por un hospital para ver como hay cientos de personas tienen que luchar diariamente con su cuerpo y su vida para rehacerse y volver a tener una mínima capacidad para ser felices. Me avergüenzo de ser una de esas personas cuando en algunos momentos no he sabido valorar todo lo que me estaba dando la vida, y vuelvo a tomar nota una vez más de que lo importante es lo importante. La querida María de Villota nos decía que la vida es un regalo. Ojalá que nunca más me olvide de lecciones como estas. Hasta entonces, lucharé con mi imbecilidad con todas mis fuerzas, por si caso, ¿no creéis?

2 comentarios
  1. Chema says:

    Es así ,los pequeños detalles de la vida son los realmente importantes.
    No sabemos valorar la vida en sí,vivimos el día a día como androides sin darnos cuenta de lo importante que tenemos alrededor.
    ¿Cuántas veces te paras a ver un atardecer ? O cuando estás con tu familia en casa ,esta lloviendo en la calle y miras por la ventana ves a la gente como se moja y piensas….que agusto en casa, con mi familia,aquí calentitos.
    O también ver a tu hijo jugar en el parque y disfrutar de verle.
    Me siento orgulloso de este gran escritor (Carlos Alonso) y más orgulloso de ver lo gran persona que es.

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