Emociones de un conferenciante

Alguna vez me han preguntado sobre qué se sentía al hablar de delante de muchas personas al impartir una conferencia. Y como es algo muy especial, creo que merece la pena explicarlo con detalle.

Cualquier conferencia requiere una preparación, pero los speakers profesionales hacemos bastantes cosas antes de subirnos a un escenario. Por tanto, esa preparación a la que me refiero la constituyen un conjunto de hábitos que a su vez conforman una forma de vida, pero que cada uno adapta según sus visiones o prioridades. En mi caso, intento mantener un tono físico adecuado que me haga sentir ágil. Controlo mi alimentación. Leo con mucha frecuencia, veo videos de todo tipo de conferencias, asisto a otras conferencias que imparten mis compañeros… Y llevo una agenda muy organizada, lo que me permite optimizar el tiempo y poner el foco con la profundidad que deseo en cada proyecto. Podría explicaros otros muchos detalles, pero todo ese conjunto de comportamientos hacen que lo de dar una conferencia sea algo muy especial. Y que si sale bien es porque hay mucha preparación detrás. No en vano, impartir una conferencia es un acto único, en el que no tienes una segunda oportunidad para seducir a tu audiencia. Y en el que te juegas tu reputación, que es lo más importante de nuestro activo profesional. Y es que, por eso nos contratan y nos pagan lo que nos pagan, porque saben que no vamos a fallar.

Llegó el día X, la hora X, y tras varias semanas de preparación del contenido y la forma, pensando exclusivamente en tu audiencia, notas como tus pulsaciones van subiendo. Estás detrás del escenario, oyes tu nombre, te presentan…. Logras controlar tu respiración y por fin te ven y tú a ellos. Los vuelves a mirar, haces un barrido general del entorno intentando apropiarte del escenario y diciendo, aunque sin palabras, que en ese preciso instante eres tú el que pilota. Te fijas en los ojos de unas cuentas personas al azar, observas, pero sobre todo te observan… y llega el momento de dirigirte a ellos. Pronuncias tus primeras frases, sonríes, te muestras empático… Un giño a la organización, introduces el tema. Minutos claves. Al tiempo es como si te desnudases. No puedes fingir, el discurso y tu tienen que ser auténticos. Energía, energía… tienes que transmitir mucha energía para que tu mensaje llegue.

Pasan los minutos y la atención hace subidas y leves bajadas, es inevitable. Eres consciente de todo. Sabes que lo estás haciendo bien, pero quieres más. Provocas la participación del público. Los latidos de tu corazón ya se han estabilizado. Ahora ya sientes que mandas, que eres el centro, pero hay que estar a la altura. Las palabras fluyen. Aplausos puntuales… más fluidez. ¿Los has conquistado? Todo lo que hayas hecho anteriormente no cuenta, lo que cuenta es tu discurso, aquel momento único y mágico en el que está en tus manos que todo acabe bien. Un cierre brillante, sonríes, gratitud. gratitud… Fin

Ya detrás del escenario sientes una paz interior indescriptible. Sabes que lo has vuelto a dar todo, que no te has dejado nada. La preparación ha sido la adecuada… Adrenalina, adrenalina… Bien, tu marca sigue creciendo y otra muesca puedes añadir a tu revolver, ese revolver que persigue impactar, crear valor y motivar. Puedes tocar el cielo y lo sabes. Magia en estado puro. ¿Te sientes como una estrella del pop allá arriba? Probablemente haya similitudes… no lo sé, difícil de explicar a ese punto. Pero la audiencia te ha hecho sentir una vez más que eres especial. Toca reflexionar y buscar aspectos de mejora en caliente y en frío.

Particularmente pienso que uno nace orador. Sí que hay mucha técnica detrás de ello y que uno puede llegar a convertirse en un buen orador, pero los grandes conferenciantes, los brillantes, son gente capaz de hablar ante miles de personas como en una mera conversación en la cocina de su casa, conectando, ilusionando y dejando huella. Papá, mamá: quiero ser conferenciante. Mejor dicho, ¡qué suerte serlo!, ¿no creéis?

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