Éxito y fracaso

Si nos pusiésemos a conversar sobre lo que es el éxito o el fracaso podíamos llegar a una serie de puntos de encuentro, pero nunca a todos. Y es que lo que entendemos por ambos conceptos va estrechamente relacionado con nuestros valores y personalidad. Es decir, que nunca podemos hablar categóricamente de éxito ni de fracaso porque el mismo depende de cuáles sean nuestros objetivos, visiones sobre la vida y circunstancias. Pero, curiosamente, en nuestras sociedad hay situaciones en las que parece que no sea así y que hablamos con alegría de estos calificativos.

Para un estudiante que saca un aprobado en un examen puede ser un éxito esa nota porque el esfuerzo que ha realizado, la dificultad de la materia o porque las condiciones en las que se ha preparado así lo justifiquen. Mientras que para otro que haya obtenido un excelente puede que no sea nada excepcional, porque esté habituado a sacar buenas notas o porque su capacidad intelectual no le permita valorar especialmente esa circunstancia.

Puede que para alguien el ganar una maratón sea un éxito mientras que para otro menos dotado físicamente simplemente acabarla sea un motivo de orgullo tan importante o mayor. De hecho, me complace tener algún amigo entrado en años que piensa así.

Pese a que considero que hay logros humanos importantes que se pueden elevar a la categoría de éxito, como descubrir la penicilina, el teléfono… o cualquier cosa que haya permitido mejorar la calidad de vida de las personas, yo prefiero hablar de logros o desaciertos que de éxitos o fracasos. Y es que el concepto logro no nos encumbra por encima de lo necesario ni nos entierra tanto cuando no alcanzamos un objetivo, poniendo a buen recaudo nuestra emociones. De tal forma que esos términos nos permiten reconocer cuando lo hacemos bien, pero deja un estrecho margen a otras interpretaciones diferentes y no golpea tanto a nuestro equilibrio interior.

Cuando hablamos de fracaso, hay personas que lo entienden como parte del camino para mejorar mientras que otros se regocijan en el mismo presentándose como víctimas y autoincapacitándose para intentarlo de nuevo. Y qué duda cabe que parte de este problema es porque nadie nos ha enseñado que una cosa es fallar en algo y otra es ser malo en esa actividad. Es decir, que yo puedo ser abogado y fallar con mis argumentaciones en un juicio, pero eso no querrá decir que sea un mal letrado.

Esta distinción convendría trabajarla desde la época escolar porque fruto de su incorrecta conceptualización fabricamos líderes que no lo son y fracasados que tampoco merecen tan cruel rango.

Por último, hay una frase de Albert Camus << El éxito es fácil de obtener. Lo difícil es merecerlo >>, que apela a los méritos para alcanzar el éxito y que, en momentos como el que estamos, en los que aflora la corrupción y la búsqueda de los atajos para acariciar la gloria, me apetece mucho abordar porque se trata de episodios protagonizados por personajuchos de tres al cuarto sobre los que me quiero pronunciarme mejor, pero que dejaré por su trascendencia para otro artículo.

Para finalizar, espero que la reflexión que os he hecho en este artículo os sea útil y no sea un éxito, sea un logro, porque, además, cuando uno habla de éxito es seguro que ha dejado de mejorar, ¿no creéis?

1 comentario
  1. Edmond Leblanc says:

    Bastante de acuerdo. La educación es fundamental, cuando se le inculca a alguien desde muy pequeño que tiene que estudiar para conseguir un buen trabajo, pero no solo para mejorar la sociedad y enriquecerse como persona, sino para conseguir un buen empleo, una gran mujer y una excelente vida corremos el riesgo de que lo consiga, pero no por el método correcto, sino como esos personajuchos.
    Se inculca la cultura del éxito por el éxito y no la del éxito por el trabajo. Buen articulo y buen logro… y compacto, cosa que les falta a los míos.

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