Hablar o dar una conferencia

Cuando eres niño no sabes valorar la suerte que supone ir a clase y poder aprender, centrando tus valoraciones en muchos casos en lo incómodo de tener que hacer exámenes. Luego, con los años, te das cuenta que de una u otra manera la vida te examina cada día y comprendes que seguir formándote o simplemente el ir a un sitio en el que alguien te quiera transmitir sus conocimientos, realmente es una fortuna.

Querer aprender es una señal de eterna juventud y, en general, una actitud frente a la vida. Mientras que hay personas con unas ganas voraces de adquirir conocimientos, hay otras que llegadas a un punto en cierto modo han aparcado eso de seguir creciendo, de tal modo que optan por afrontar su existencia con lo que han aprendido o con un minúsculo goteo de conocimientos que van adquiriendo sin mayor esfuerzo. Vaya, que han decidido aparcar sus coches vitales en un parking llamado: zona de confort.

En esta apasionante carrera por salir de la ignorancia estamos todos inscritos y fue Sócrates quien nos supo explicar muy bien cuál era el punto de partida común a cualquier participante: Solo sé que no sé nada.

Pero simplificándolo mucho, diría que para aprender hacen faltas dos cosas: ganas y saber escuchar. Para que la primera coordenada nos funcione, la de las ganas, necesitamos básicamente tener un objetivo y bajo esta consigna nos será fácil centrarnos o rechazar las opciones de aprender que se nos tercien. Para escuchar, primero hay que respetar al que tenemos delante y luego pensar que muy probablemente podremos aprender algo de él.

Plutarco añadió un matiz a lo de escuchar, diciendo que para hablar bien era necesario saber escuchar; algo en lo que estoy de acuerdo y ejercicio en el que uno no puede bajar la guardia durante toda la vida.

Asistir a una conferencia es uno de esos escenarios estupendos para aprender, escuchar y estimular nuevas ideas. Pero cuando eres tú el que da una conferencia, no es suficiente con aportar algo nuevo a los demás, necesitas conectar con ellos, emocionarlos y hacer que ese rato sea especial e inspirador. Por ello, siempre intento dedicar unos minutos en mis conferencias a que la audiencia se sienta cómoda, a que participe, con el fin de crear el clima adecuado para que el mensaje que quiero darles a continuación sea lo más impactante posible. A partir de ahí, me pasa como a los actores, músicos… que piensan que su mejor obra está por llegar y que sabrán ponerle todo el arte que llevan dentro. Y con esta visión, hace tiempo que ya no intento hablar u ocupar espacio en los eventos a los que me invitan, sino a dar conferencias y hacer que sea un rato mágico para los asistentes, porque cada minuto que me dedican todos ellos sé que es único y puedo hacer que sea irrepetible en sus vidas, ¿no creéis?

https://www.youtube.com/watch?v=aN4nkuVxn4U

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