¿Ignorantes o tontos emocionales?

Nadie puede distinguir algo que no conoce. De tal forma que como no nos han enseñado a captar, interpretar y gestionar las emociones, todos somos de facto ignorantes en este sentido. Y es que estamos hablando de algo que nos tendrían que haber explicado en el colegio, puesto que entender las emociones de los demás nos permite respetarlos y relacionarnos mejor con ellos, al tiempo que nos permite hacerlo adecuadamente con nosotros mismos. Pero lo cierto es que aún hoy la mayoría aprendemos lo que son las emociones y su importancia a base de deambular por la vida.

David Goleman nos ayudó mucho a salir de esta ignorancia hace casi veinte años con su libro, Inteligencia Emocional, el cual rompió el mito existente hasta entonces de que los inteligentes eran los que tenía un coeficiente de inteligencia alto. Y es que Goleman nos hizo ver que había personas inteligentes emocionales, que podían cosechar incluso mayores éxitos que las que tenían una mente especialmente privilegiada en cuanto a capacidades generales se refiere. Quiero con ello decir que hasta que no vino él y nos dijo que esto de las emociones es importante y que sería fundamental en el mundo del trabajo en el futuro, no nos pusimos las pilas para profundizar en ello adecuadamente, labor en la que todavía queda mucho por hacer.

Pero llegados a este punto, me atrevo a clasificar a las personas en dos grupos: los ignorantes emocionales y los tontos emocionales, siendo lo de los segundos algo  de bastante peor diagnóstico. Y es que los tontos emocionales son aquellos que sabiendo de la importancia e impacto de las emociones, no quieren gestionar las mismas o las gestionan perjudicando a los demás. De este modo, los tontos emocionales son además tóxicos, puesto que hacen maniobras con el fin de lograr que sus presas se sientan mal. Por lo que si un tonto ya de por sí es peligroso, éstos lo son aún más y conviene alejarse de ellos lo antes posible.

Por el contrario, los inteligentes emocionales dejan huella con mayor facilidad. Saben gestionar situaciones difíciles con la cintura necesaria. Y lo que es más importante, saben que si comprenden lo que les pasa a los demás, sabrán sacar lo mejor de ellos y ser más felices.

Pero en mi último libro, El síndrome de la oruga, hablo de la importancia de tener una vida con emociones positivas, a la que se llega desde la confianza en uno mismo y el diseño de retos atractivos. Aspectos necesarios para dejar que nuestra vida fluya y que ésta no sea monótona. Por lo que a quienes quieran apuntarse a este atractivo carro de la emocionalidad, les recomiendo que empiecen por ahí.

En los próximos años, escuchar más, comunicar mejor y buscar personas comprometidas dejarán atrás una gestión de las empresas que en los últimos treinta años ha venido buscando la eficiencia desde el control, la optimización de los procesos y la innovación. Y en este nuevo paradigma, lo de liderar emocionalmente será clave.

Para acabar este fugaz repaso, no puedo olvidarme de aquellas personas que sin ninguna habilidad emocional todavía ocupan cargos relevantes en algunas compañías, sometiendo con galones de plastilina a su personal. Pero, esos, afortunadamente están en vías de extinción y se les cala rápido, ¿no creéis?

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