Lo bueno, bueno es

Esta semana he acudido a la reunión de inicio de curso de mi hijo mayor, que estudia en el mismo colegio en que lo hice yo.  No es que sea lo que se dice un forofo de este tipo de reuniones a lo largo del año, pero me parece que ésta de inicio, al ponerle cara a la persona en quien depositas su educación, me parece siempre importante asistir.

Y la misma fue especialmente emotiva para mí, puesto que su tutor va a ser un profesor que tuve en bachillerato.  Lo cierto es que lo encontré muy bien física e intelectualmente, pese a sus 64 años, y pareciendo que los 37 años de actividad solo habían hecho que mejorar la calidad que siempre tuvo como docente y como persona. Directo en sus planteamientos, claro, pragmático y, algo muy importante, sabiendo hacer buen uso de su peculiar sentido del humor. Con todo ello, me fue inevitable pensar en varias cosas, pero quiero centrarme en una sola y es que lo bueno, bueno es.

El sistema puede proponernos la jubilación a los 67 años, pero hay personas que, estando ellas de acuerdo, tendríamos que hacer todo lo posible para que siguiesen aportando a nuestra sociedad el mayor tiempo posible. Al igual que Modesto, se me ocurren algunas destacadas personalidades públicas de diversos ámbitos que corroboran este pensamiento. Y es que son personas únicas de las que uno no se cansa de seguir aprendiendo porque realmente se nota que aman su profesión y que al mismo tiempo inspiran.

Trasladando este enfoque a lo material, con los objetos pasa lo mismo. Hace diez años me compré unos zapatos de piel de canguro en una zapatería de referencia de Barcelona. Tras un más que razonable uso y no sin haberles hecho el pertinente mantenimiento, puedo decir que están en perfectas condiciones.

Pensando en libros, tres cuartos de lo mismo. Hace unos meses volví a leer “Tus zonas erróneas”, de Wayne W. Dyer, un clásico de los libros de autoayuda. Un incunable del que conservo una edición de 1987 y que sin duda fue uno de los causantes de que hoy me dedique a escribir y dar conferencias sobre este tipo de disciplinas. Y la sensación también fue la misma, ya que en cada página se destila calidad.

Podría poneros mil ejemplos más y vosotros estoy seguro de que haríais lo mismo. Pero sabiendo de las bondades de lo bueno, se me hace incomprensible que muchas veces nos olvidemos de ello y optemos por lo dudoso, que es una manera elegante de decir lo malo.  Y como no quiero que se me olvide más, seguro que se me ocurre volveros a hablar de ello en el futuro y de que lo bueno no necesariamente tiene que ser caro. Hasta entonces, os propongo que vayáis eliminando progresivamente de vuestra vida todo aquello que no os depare calidad, porque para lo malo ya hay mucho donde elegir, ¿no creéis?

Va por ti, Modesto !!!

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