Maestros con mayúsculas

Hay personas que nos hacen dar pasos de gigante en nuestras vidas y que pueden hacer que nuestra existencia cambie. Famosas o desconocidas, todas ellas nos regalan su pasión y nos hacen ver las posibilidades infinitas que tenemos. Hoy os hablaré del secreto de Ana, una de ellas.

Simplificándolo mucho, llegar más o menos lejos en la vida depende del talento que tengamos y, especialmente, de la actitud con que nos enfrentemos a las circunstancias. No obstante, no podemos olvidarnos de otras muchas variables importantes que condicionan nuestras evoluciones, queriendo centrarme hoy en una de ellas: los maestros que hayamos tenido. Pero no solo quiero referirme a los maestros en un sentido estricto, a los de escuela, universidad… sino a todas aquellas personas que nos hayan enseñado en alguna disciplina o circunstancia en la que hayamos participado, o en la que nos hayamos visto envueltos.

Qué duda cabe que los maestros son una pieza fundamental del aprendizaje de cualquier persona y excelentes transmisores de la cultura, pero lamentablemente no siempre es posible tener buenos maestros, y a lo largo de cualquier proceso de aprendizaje que experimentemos nos encontraremos con buenos y malos instructores. Un mal maestro puede hacernos abandonar los estudios, el deporte… o creernos que no somos capaces de hacer algo, y por el contrario, un buen maestro puede provocar que lleguemos muy lejos en cualquier campo. Por ello es importante que haya un equilibrio, o mejor dicho, que tengamos la buena fortuna y el atino de que nos encontremos y busquemos los buenos de ellos en momentos y decisiones clave para nosotros.

Pero, ¿qué es un buen maestro? Siempre es subjetivo contestar a esta pregunta porque lo que para unos es un buen maestro, para otros no lo es tanto. Todo va en función del desenlace en nuestra relación con ellos. Personalmente pienso que un buen maestro es alguien que nos transfiere conocimientos de la mejor manera posible, de tal forma que cuando evaluamos su trabajo quedamos satisfechos con las enseñanzas adquiridas y el resultado de sus aportaciones. Pero hay un tipo de maestros que pueden marcar nuestra existencia porque sus enseñanzas nos puedan haber impactado de manera especial. Son lo que yo llamo los maestros excepcionales, aquellos que hacen que nos emocionemos viendo cómo hacen las cosas y que nos infunden su gran pasión. Uno de ellos es Martín Berasategui, que en la actualidad es el cocinero español con más estrellas Michelín, siete en concreto, y con quien he tenido la suerte relacionarme a raíz del último libro que estoy escribiendo. Y es que viendo a Martín un rato en los fogones se te contagian las ganas de cocinar, aunque tus conocimientos culinarios sean de un mero superviviente gastronómico, como es mi caso.

Ayer mismo por la tarde tuve la suerte de charlar con otra de estas personas anónimas, Ana, la entrenadora de baloncesto de mi hija pequeña. Ana, una chica joven que se dedica a la docencia en un colegio, pero que es una gran enamorada del deporte de la canasta. Pero, ¿por qué creo que Ana es grande? Porque sabe entender a sus jugadoras y a cada una de ellas las hace sentir importante. Pero Ana es grande porque sabe hacer una cosa que sólo los grandes maestros saben hacer, empuja y regala con generosidad parte de su seguridad a aquellas niñas que todavía no la tienen. Es decir, les da lo que no tienen. Y con todo ello, las hace felices, mejoran más rápido, su equipo cada día evoluciona más y ella sigue creciendo a pasos agigantados como entrenadora.

Martín Berasategui, David Meca, Juanito Oliarzábal, Nando Parrado, Leopoldo Fernández Pujals… Os puedo asegurar que todos ellos tienen cosas en común porque son grandes y hacen grandes a muchas personas que las rodean. Pero pronto os podré explicar con más detalle todos ellos son muy muy grandes. Hasta entonces, quiero que este sea mi pequeño homenaje a todas aquellas personas de son maestros y maestras con mayúsculas, que hacen que nuestra vida dé pasos gigante en momentos determinados, que ésta pueda ser maravillosa y que los podamos elevar al rango de inolvidables.

El mejor regalo de unos de ellos no es hacerte un selfie con ellos, sino tener la suerte de que te regalen algunas de sus reflexiones, ¿no creéis?

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