Nice to see you again, David

La semana pasada estuve en la graduación de uno de mis hijos. Además de los tintes emocionales que tiene un acto de este tipo, en el que subrayas aún más el paso del tiempo, me sirvió para reencontrarme con un amigo de la infancia al que hacía la friolera de veinticinco años que no veía. La cuestión es que tras el acto estrictamente académico, accidentalmente los dos pusimos el ojo en la misma “cloqueta”, como diría la televisiva Belén Esteban en un infame golpeo al término croqueta, plato que tantas alegrías ha dado a nuestro cocina y que tan mal ha sido tratado en lo lingüístico por no pocas lenguas en prácticas. Y aquel lance fue determinante porque dio paso a una conversación cultural que me atrevo a calificar de muy interesante, y que por ello considero útil explicaros.

El bueno de David, que es como se llama mi amigo, es diseñador gráfico y un gran comunicador, puesto que con una capacidad de simplificación encomiable me explicó qué había hecho en todo ese tiempo. Tras residir unos años en París, se fue a Londres, y ya casado y con hijos, desembarcaron en San Francisco. Vaya, que había vivido en tres de las ciudades más importantes del mundo, cuatro con Barcelona, y, por lo que me contaba, con muchísima intensidad. Fue tan jugoso su relato que no pude contener mis ganas de preguntarle qué era lo que había aprendido en todas aquellas experiencias, a lo que de manera simplificada destaco tres cosas: hemos aprendido a no apegarnos a las cosas materiales. Siempre hemos intentado mudarnos con lo mínimo, abordando el Ikea de turno y decorando de manera escueta las viviendas que hemos ocupado, y con cuatro cosas personales. La segunda lección que hemos aprendido es que si confías en ti y no tienes miedo a los cambios, las oportunidades surgen, puesto que no en vano los movimientos de residencia nunca estaban promovidos por un trabajo sino por una actitud y una búsqueda de nuevas experiencias. Y la tercera lección de su periplo es que habían comprobado la riqueza de las interconexiones entre la personas, algo que contrastaron de manera especial en San Francisco, donde todo el mundo te conecta con alguien porque todo el mundo acaba necesitando a alguien, puesto que en el peor de los escenarios, sin trabajo en tres meses tienes que abandonar el país.

Con todo ello, me encontré a una persona con una amplia cultura, seguro de sí mismo, que ya pensaba en algún lugar de Asia como su próximo destino. Alguien con una visión global de las cosas, abierto a los cambios y alejado de los independentismos pueblerinos que a veces nos quieren vender los que ni han encontrado la independencia consigo mismos. Alguien interesado en vivir con emociones y entendiendo el mundo con sencillez, una sencillez de las que dejan huella.

No sé cuando volveré a ver a David, pero estoy seguro de que con su forma de hacer, un ordenador y una sonrisa en la boca, seguirá teniendo clientes en todas las partes del mundo y un futuro apasionante.

Aquella tarde me emocioné con mi hijo y me ilusioné al ver a David, porque hay personas a las que les pasa la vida y se convierten en gigantes, anónimos, pero gigantes en el amplio sentido de la palabra. David es sin duda uno de ellos.

Bueno, también aprendí una cosa, y es que nunca bajes la guardia porque detrás de una “cloqueta” puedes encontrar a alguien del que puedes aprender mucho y te aleje de los miopes enfoques de quienes piensan en pequeño y se creen lo contrario, ¿no creéis?

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