No soy tu jefe, soy Dios

Hace ya unos años tuve la oportunidad de viajar a Venezuela, esa fantástica tierra hoy en manos de unos personajes que están condenando al pueblo a vivir por debajo de sus posibilidades bajo una engañosa democracia de chichinabo, y en el que aprendí que a los grandes jefes coloquialmente les llamaban: el chivo que más mea. Dejando de lado las consideraciones semánticas, me pareció que bajo aquella expresión había una carga autoritaria detrás de esta figura, independientemente del ámbito en el que la aplicasen.

De este modo, me atrevo a opinar que en las dictaduras y en las falsas democracias esta forma de pensar atribuye al que dirige el poder del mando y no la capacidad de pautar el camino, que es el lado inteligente del liderazgo. Pero en muchos países, donde no existe esta cultura de respeto imperial a los que ostentan los galones, muchas veces nos encontramos con tipos que aún hoy la desarrollan. En mi trabajo como consultor he podido encontrarme con perfiles de este tipo a lo largo de los años, son personas que dirigen empresas que funcionan, que ganan dinero y que incluso se creen que sus colaboradores les regalan sonrisas como compañeros, cuando lo que hacen es un guiño “pelotíl”, fundamental en la supervivencia en este tipo de entornos. Claro que estos tipos piensan en lo que gana su empresa, no en lo que dejan de ganar; claro que se creen que tienen equipos cuando lo que tienen es rehenes; claro que se creen que avanzan cuando lo que muchas veces hacen es moverse; claro que se creen que los demás les dan la razón porque la tienen y no porque les tienen miedo, etc. Y en todos estos males hay un común denominador de quienes los protagonizan, que es la falta de escucha; es decir, la incapacidad total para querer entender al otro.

Esta falta de escucha acaba convirtiendo en dioses a simples jefecillos de mierda, porque los grandes jefes sacan tiempo de donde sea para hablar con sus colaboradores, tomar humildes notas y agradecer el regalo de quienes les hacen algún comentario para mejorar algo de la organización.

Ernest Hemingway decía que las personas tardamos tres años en hablar y toda la vida en aprender a escuchar. Ojalá cada vez en más sitios se practique esta consigna que eleva a algunos seres humanos a la categoría de inmortales, ¿no creéis? Y ya de paso: ¡Suerte Venezuela para el día 6! Ese querido pueblo necesita más que nunca que lo escuchen los chivos que más mean u otros que simplemente los respeten mejor !!!

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