¿Qué tienen que ver la precisión con los titiriteros?

Hace ya un par de décadas que recorriendo Europa en tren con una mochila pude darme cuenta de la importancia que tiene la precisión en la vida. Y lo aprendí en Suiza, gracias a los trenes que circulan con una puntualidad estupenda y donde los plazos se respetan plenamente en todo lo que tiene que ver con el servicio, algo que lamentablemente no sucede igual en los países del sur de nuestras latitudes continentales. Vaya que con el tiempo yo he llegado a la conclusión de que en ese maravilloso país todo funciona ágilmente menos lo referente a entregar las listas de los milionetis sospechosos de esconder su pasta, tras adquirirla cobrando el tres por ciento en comisiones por el desempeño de cargos públicos o otros dudosos métodos. Y aunque debo de reconocer que desde aquel tierno periplo las cosas han cambiado algo para bien, en esa cultura de la precisión todavía tenemos un largo camino por recorrer. Claro que hay quienes siempre pueden conformarse con la situación de otros países de más allá del Atlántico, donde lo del “ahorita voy” se acaba convirtiendo en una pesadilla que puede acabar degenerando en un odio acérrimo hacia los diminutivos envenados de este tipo y contra lo que no hay vacuna activa que se conozca.

La precisión es la exactitud o puntualidad a la hora de ejecutar una cosa, pero también es una manera de respetar al otro y, en definitiva, una cultura o forma de hacer de una sociedad, de un grupo o de una persona. Pensemos por un momento en el daño que hacen esos chorras que constantemente llegan tarde a las citas o que marcan su poder haciendo pésimo uso de este recurso.

Los jóvenes de ahora empiezan a darse cuenta de la importancia de este factor cuando en algunas ocasiones no pueden acceder a la carrera que quisieran por unas pocas décimas, acordándose de aquel examen en el que pudieron apretar más y no lo hicieron. Pero lo cierto es que estamos rodeados de precisión e imprecisión por todas partes. La precisión hace que las casas se sostengan, los plazos de las cosas tengan unos límites concretos y que nuestra vida transcurra dentro de un cierto orden. Mientras que la imprecisión es el principio de la ruina de algo, y lo que hace que un país pase de ser considerado serio a bananero en un abrir y cerrar de ojos. Y es precisamente esa imprecisión la que hace que un presupuesto se acabe convirtiendo en algo mucho más caro de lo que nos habían calculado inicialmente, esa imprecisión es la que sufren nuestros hijos cuando sus entrenadores no saben concretarles qué tienen que hacer para jugar más minutos en sus equipos y es la que hace que muchas veces nos sintamos timados o desalentados por algo que nos ha pasado.

Pero la imprecisión también es el recurso principal para los que divagan, aunque a la postre lo de la precisión se trata de un hábito estrictamente humano porque ¿qué le pasaría a un león si a la hora de cazar fuese impreciso en sus emboscadas?

Lo mismo pasa en política cuando alguien es impreciso con sus promesas electorales, pues que se acaba convirtiendo en un charlatán que promete chorradas que nos se las cree ni él. Por cierto, que aprovecho para agradecer las opiniones recibidas respecto de mi artículo de la semana pasada a propósito del referido término: charlatán. Lo cierto es que los imprecisos tienen poco de honesto y mucho de jetas, mucho de listillos y poco de inteligentes… Personalmente me aterra esta especie porque son los que suelen decir que casi llegan a los objetivos, cuando lo que tendrían que decirte es que no han pegado un palo al agua y han fracasado en su misión.

En resumidas cuentas y para decirlo con pocas palabras, la precisión consiste básicamente en concretar y ejecutar en consonancia, y lo demás… lo demás son pamplinas de titiritero, ¿no creéis?

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