Se buscan “cracks”

Cuando pienso en la palabra héroe la asocio inmediatamente con Superman, posiblemente porque fue una especie de icono para los de mi generación, o porque tampoco he conocido a ninguno tan contundente desde entonces, o será porque bien entrado en la cuarentena es difícil de que la palabra tenga pleno sentido. Sea como fuere, la sociedad ha fabricado en los últimos años otro término que sin ser lo mismo, viene a definir a alguien que es especialmente bueno en algo, que goza de cierta admiración, y al que denominamos: crack.

Hay muchos tipos de cracks. Tenemos cracks en la política, aquellos que les pagamos para estafar a los ciudadanos. Tenemos cracks en las casas reales, aquellos que sin pegar un palo al agua pretenden hacerse ricos a costa de hacer uso de su poderosa influencia. Tenemos cracks que se presentan a un reality en tv y les pagan más de cincuenta mil euros a la semana por estar tumbados en un sofá. A algunos de ellos les sale bien, pero a otros la justicia y la sociedad les acaba poniendo en su sitio.

Hay otro de tipo de cracks que nos lo dan todo y al cabo de un tiempo nos lo quitan todo. Uno de ellos es Lance Armstrong, el que ganó siete veces consecutivas el Tour de Francia entre 1999 y 2005, que superó un cáncer de testículo, y que un día se derritió de nuestras mentes cuando nos dijo que se había dopado para lograr todos esos éxitos deportivos.

Pero afortunadamente existen los cracks de verdad: Alexander Fleming, que descubrió la penicilina; Benjamin Franklin, que descubrió la electricidad; Johannes Gutenberg, que descubrió la imprenta… Para mí, esos si que merecen ser llamados cracks porque aportaron con su sacrificio y convicciones cosas positivas a la humanidad. Son cracks que están a una enorme distancia de los que se creen que son cracks porque tienen mucha pasta y ostentan con ella, y que emplean toda su energía en sacar brillo a su insaciable ego o en repeinar con gomina sus “privilegiados” cabezones.

Aunque existe un tipo de cracks silenciosos, humildes, que ayudan a los demás en lo que pueden… y que suelen ser anónimos. Son personas normales y corrientes de los que se aprende, que te hacen la vida más agradable y que siempre te dejan huella. Son éticos y no defraudan.

En una sociedad en la que por momentos vemos que pierde valores, que premia al famosillo de tres al cuarto, que permite que el jeta tenga escapatorias legales… es un alivio pensar que aunque no sean héroes ni cracks, existe un montón de tipos y tipas estupendos que hacen que la vida sea fantástica cuando los conoces porque se dedican a llevar bien su vida y a aportar cosas positivas a los demás. Esos sí son los que vale la pena buscar, ¿no creéis?

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