Zapatero a tus…

Ahora que ya empieza a verse algún rayo de luz en el horizonte, ahora que los números macroeconómicos de nuestra economía confirman un cambio de tendencia… es justo cuando me apetece hablar de la crisis. De este modo, voy a explicaros una historia muy personal que me pasó al comienzo de la misma, la cual me impactó mucho y que conlleva un mensaje del que hoy quiero hablaros.

La cuestión es que un día, justo antes de llegar al despacho, me crucé la mirada con una persona que me dio la sensación conocer. Tras fijarme especialmente en su rostro descubrí quien era, lo cual no era en absoluto fácil porque se trataba de una indigente con un aspecto muy desdibujado, como de llevar bastante tiempo en la calle. Al ver que se quedó mirándome fijamente, aparqué la moto y me dirigí hacia ella. Y efectivamente, se trataba de una profesora que tuve en la facultad y que hacía muchos años que no veía. La saludé medio estupefacto, pero reconozco que ella un poco también lo estaba. Y digo un poco porque su cuerpo estaba allí, pero su mente era obvio de que no. Su mirada se fijaba en todo y en nada, con la ropa quemada y, eso sí, un viejo bolso de marca que la caracterizaba en sus tiempos universitarios. Con todo ello tuve la contradictoria sensación de que la conocía y de que no al mismo tiempo, puesto que el implacable coste de los acontecimientos la había convertido en otro ser. Como dijo que esperaba a otra persona, tuve unos minutos para conversar y tomando ella la iniciativa, me dijo que se había arruinado. Hacía años que había dejado la docencia porque tras la muerte de su marido había optado por dedicarse a los temas inmobiliarios, dado el patrimonio que habían acumulado. Me repitió que la habían engañado, que también había perdido su piso, que su hijo no la hablaba…. Fueron unos momentos en los que no sabes qué decir porque cuesta creer que la vida de una persona a la que conoces sufra esa transformación. Lo cierto es que no quiso entrar en más detalles y en ese momento entendí que la conversación debía de llegar a su fin. Le ofrecí mi ayuda, pero se limitó a pedirme algo de dinero. Nunca más volví a saber de ella más, pero no la he olvidado ni tampoco la última lección que me dio.

Esta historia, que hasta ahora solo la había explicado a unas pocas personas, me hizo reflexionar sobre la importancia de seguir caminos para los que estamos preparados, de actuar con foco en la vida. Una vida en la que se nos pueden presentar oportunidades disfrazadas y que no lo son, porque nada que es fácil puede llevar lejos. Queda demostrado que nuestra vida puede cambiar con suma rapidez y que la ambición desmedida nos puede arrastrar por el derrotero de la nada, el peor de todos. Y con ello desdibujar nuestras fortalezas, nuestra valía y nuestro brillo.

Detrás del refrán: zapatero a tus zapatos, hay una máxima que es la centrarse en lo que hacemos bien. No existen los atajos, así que no vale la pena buscarlos ni creer que los has encontrado. Y sobre todo, no te olvides que después de la tormenta siempre llega la calma, ¿no creéis?

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